Llevó a los niños a la torre del reloj. En lugar de un cofre, encontraron un viejo baúl lleno de planos, cartas y una libreta con el título: Proyecto Nuevo Hospital de Vallefrío .
Sin embargo, una noche de luna llena, dos figuras pequeñas y ágiles cruzaron el foso seco y se colaron por una grieta en el muro occidental.
—¿Estás segura de que es aquí? —susurró Leo, con una linterna temblorosa en la mano. Intrusos en el castillo
—¿Intrusos? Hacía veinte años que nadie se molestaba en entrar aquí. ¿Qué buscan? ¿Tesoros? ¿Fantasmas?
Se pegaron a la pared. Era el conde Humberto, apoyado en un bastón, con una bata de seda raída y una linterna en la otra mano. Parecía más cansado que feroz. Llevó a los niños a la torre del reloj
Los niños lo miraron en silencio.
El conde envejeció diez años ante sus ojos. Dejó caer el bastón y se sentó en un escalón de mármol roto. —¿Estás segura de que es aquí
—¿Y si lo abrimos de nuevo? —propuso Leo—. Usted tiene dinero, nosotros tenemos manos y ganas. Podríamos...
—El Corazón de Ébano no es una joya —dijo—. Es el nombre que le di a un frasco de cenizas. Las de mi esposa, Elara. Murió porque el hospital de Vallefrío estaba cerrado cuando ella enfermó, y no llegó a tiempo al otro pueblo. Mandé hacer ese cofre para guardar su recuerdo, y juré que nunca más nadie sufriría por falta de un médico. Pero el odio me volvió ermitaño, y el hospital siguió cerrado.
—El libro de la biblioteca decía: "Donde el reloj da trece campanadas, el corazón del conde duerme en un cofre de ébano" —respondió Sofía, revisando un mapa amarillento. Era su plan: robar el legendario Corazón de Ébano, una joya que, según los rumores, concedía un deseo a quien la poseyera. Ellos querían salvar el pequeño hospital de Vallefrío, que iban a cerrar por falta de dinero.
El conde soltó una carcajada seca.