Memorias De Una Pulga Tomo 2 Direct
Memorias de una Pulga: Tomo 2 (Fragmento) Subtitle: En la alcoba del obispo y otros milagros Prólogo del segundo salto
No crean, amables lectores que me toman entre sus dedos —metafóricamente hablando, pues de hacerlo literalmente me enviarían al otro mundo— que el reposar sobre la almohada de una dama fue el final de mis aventuras. ¡Qué error! Una pulga de mi oficio y calibre no se retira jamás al jardín de las camelias sin antes haber visto lo que bulle tras los confesionarios, bajo las sotanas moradas, y entre los pliegues del poder que jamás se confiesan.
Fin del fragmento del Tomo 2 de Memorias de una Pulga . memorias de una pulga tomo 2
Y sin embargo, querido lector, al llegar al final de este segundo tomo, debo confesar algo que jamás pensé escribir: la pulga también siente. No amor —eso es cosa de humanos—, sino una extraña ternura al verlos fracasar. Porque ustedes, los grandes, los dueños del mundo, los que aplastarían a mi familia con un dedo, son en la intimidad más ridículos y más bellos que cualquier bicho.
—Sí, padre... quiero decir, excelencia —respondió ella con voz de miel a punto de derramarse. Memorias de una Pulga: Tomo 2 (Fragmento) Subtitle:
—Inés —susurró él—, ¿has pensado en lo que hablamos en confesión?
No crean que abandoné aquella alcoba por falta de moral. La dejé por exceso de pulgas. Un hermano mío, más audaz, me contó que en el jardín de la condesa de Bérgamo se celebraban tertulias de otra naturaleza. Allí las esposas de los banqueros y los ministros se reunían para bordar... o eso decían. La verdad, amigo mío, era que bajo los rosales se escondían no solo pétalos, sino también calzoncillos de seda y cartas de amor escritas con sangre de labial. Fin del fragmento del Tomo 2 de Memorias de una Pulga
Me instalé en la peineta de la joven Dama Elvira, cuyo esposo, el Marqués de la Deuda Eterna, pasaba las noches firmando cheques en lugar de firmar caricias. Ella, por su parte, recibía al jefe de su guardia personal, un hombre de bigote tupido y manos de herrero que leía a Quevedo con voz de trueno.
—El pecado no está en la obra, sino en la intención. Si tú me limpias la frente con tus dedos... ¿eso es acaso lujuria?
En la próxima entrega —si sobrevivo al incienso de la próxima catedral— les contaré cómo terminé en la liga de una princesa rusa y en el bolsillo de un embajador inglés. Pero por ahora, cierro este capítulo con una moraleja:
—No, excelencia. Es caridad.