Ella apoyó la cabeza en su hombro. Recordó a Rue, a Thresh, a Mags, a Finnick. Recordó a su padre, a Prim. Recordó a los chicos de los tributos que nunca tuvieron nombre en la prensa del Capitolio.
—No —dijo Katniss, devolviendo el broche—. Ya no soy su símbolo.
Dentro había una carta breve y un pequeño broche de plata: un sinsonte, pero con las alas abiertas hacia arriba, como si volara hacia el sol.
Peeta viajaba a menudo al Distrito 11 para ayudar con los huertos conmemorativos. Él plantaba rosas, sí, pero también girasoles, caléndulas y nomeolvides. Flores que no olían a muerte. Flores que podían crecer sin miedo. serie de los juegos del hambre
Entonces Katniss sacó el diente de león. Lo sopló. Las semillas volaron sobre el agua, sobre la multitud, sobre los nombres grabados en una piedra recién tallada.
Esa noche, mientras caminaban de regreso a casa, Peeta le preguntó:
Una mañana, un mensajero del nuevo gobierno —ya sin Capitolio, solo un consejo de distritos— apareció en la puerta de Katniss. Era una chica joven, con el pelo recogido en una trenza suelta y una mirada que recordaba demasiado a Prim. Ella apoyó la cabeza en su hombro
—En el Distrito 11, plantamos un árbol por cada tributo. Al principio era un acto de duelo. Ahora los niños trepan por ellos para coger manzanas. El dolor se vuelve vida, Katniss. No rápido. Pero se vuelve.
—Corran —dijo en voz baja, solo para Peeta, que la sostenía del brazo—. Que corran por ellos.
—Pero voy a ir.
El consejo leyó los nombres de todos los tributos caídos en los 74 juegos y en la guerra. Cada nombre era una piedra lanzada al agua. Al final, una niña del 12, de no más de diez años, se adelantó y dejó una rosa blanca sobre la superficie del lago. Flotó un instante antes de hundirse lentamente.
—No te lo pide nadie.
—Ahora —dijo—, enseñamos a los nuestros que el fuego no es solo para quemar. También es para cocinar, para calentarse, para fundir las cadenas viejas y hacer campanas. Recordó a los chicos de los tributos que